La Reina del Pacífico

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El sol había ya salido, e infinidad de volátiles piaban en las más altas cimas de los árboles, y entre las plantas acuáticas se alzaban bandadas de airones que lanzaban ensordecedores aullidos. En medio de las grandes hojas de las palmeras reales y de caoba, muchos simios se divertían brincando y vociferando. 

Estos cuadrumanos, dotados de una agilidad prodigiosa, eran muy abundantes en México. 

-Antes que apelar a los simios, veamos si hay algún asado mejor -dijo Carmaux a Van Stiller-. Este islote no debe de estar desprovisto de caza. 

-Hay bandadas de airones -repuso el hamburgués-. Nos alimentaremos con ellos. 

-¡Eh! ¡Mil ballenas! 

-¿Qué te ocurre Carmaux?  

-He visto escapar una bestia entre la hierba. 

-¿Grande? 

-Como un conejo. 

-¡Si fuese un conejo! ¡Ah; qué asado, Carmaux! 

Los dos filibusteros, que ya preveían un apetitoso asado, se habían lanzado entre las hierbas, en las que veían moverse algo. 


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