La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico El animalito intentó primero replegarse sobre sí mismo, y luego abandonó su refugio y cayó al suelo.
Van Stiller, sabiendo que no era peligroso, se había inclinado y miraba con curiosidad.
Era del tamaño de un conejo grande, tenía las patas muy cortas y el dorso cubierto por una coraza de placas óseas amarillentas, muy resistentes y que le bajaban hasta los costados.
Su cabeza, muy pequeña y con un hociquito acabado en punta, estaba protegida por una especie de visera escamosa.
Sus patas, como queda dicho, eran muy cortas y estaban provistas de robustísimas y largas uñas.
Apenas en tierra, el animalito se había arrollado extendiendo las escamas, que parecían dotadas de cierta movilidad y recogiendo la cola. En tal forma se presentaba como una bola.
-¡Muy extraño! -exclamó el hamburgués-. ¡Se ha encerrado a maravillas en su coraza!
-La cual no le protegerá contra nosotros -dijo Carmaux golpeándole violentamente con la culata del fusil.
El pobre animal lanzó un grito y cayó sin vida.
-¡He aquí el asado! -exclamó Carmaux cogiéndole por la cola.
