La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Algunos caimanes, viendo avanzar aquella masa flotante, atraídos por la curiosidad iban de cuando en cuando a rodear a los navegantes. No eran agresivos, y se alejaban a los primeros palos que el hamburgués y Moko repartían enérgicamente.
A mediodía la almadía arribaba a un nuevo canal, que, en vez de dirigirse hacia la línea oscura indicadora de la tierra firme, doblada hacia el Sur.
Entre aquellas plantas se alzaban verdaderas nubes de volátiles que huían ante la almadía.
Se veían gran número de pyrocephalus, con las plumas de la cabeza de color de fuego y las patas cortísimas; bandadas de coclarnis, parecidos a nuestros jilgueros, y selvícolas con espléndidas plumas de color de oro.
Alineados indolentemente en los bancos de arena veíanse muchos zopilotes.
Son pájaros domesticables, que se encargan de la limpieza de la ciudad devorando ansiosamente cuantas inmundicias encuentran por las calles. Dotados de una voracidad extraordinaria, lo engullen todo sin molestia.
-¡Es el verdadero paraíso de los cazadores! -dijo Carmaux-. ¡Si no tuviéramos prisa, sería cosa de hacer una buena cacería! ¿Qué te parece, amigo Stiller?
