La Reina del PacÃfico
La Reina del PacÃfico -Vos matásteis a su hija, caballero.
-¡Callad, por Dios! -gritó el Corsario-, ¡No despertéis el dolor que roe mi corazón!
¡Basta! ¿Dónde está ese hombre?
-Está a cubierto de vuestros ataques.
-¡Lo veremos! Decidme el sitio. El Corsario habÃa levantado la espada.
-¡En Veracruz! -le dijo el viejo, considerándose perdido.
-¡Ah!. . . -gritó el Corsario.
Se dirigÃa hacia la puerta, cuando entró Carmaux en la estancia.
El filibustero tenÃa sombrÃo el rostro, y en sus miradas se leÃa una viva inquietud.
-¡Partamos, Carmaux! -le dijo el Corsario-. ¡Sé cuanto querÃa saber!
-¡Un momento, capitán! -¿Qué quieres?
-Mucho me alegrarÃa de volver a bordo; pero creo que por ahora no sea fácil.
-¿Por qué?
-La casa está sitiada. -¡Bromeas!
-¡Ojalá! Desgraciadamente, digo la verdad.
-¿Quién nos ha vendido? -preguntó el Corsario mirando amenazadoramente a D.
Pablo.
