La Reina del Pacífico

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16

-Vos matásteis a su hija, caballero. 

-¡Callad, por Dios! -gritó el Corsario-, Â¡No despertéis el dolor que roe mi corazón! 

¡Basta! ¿Dónde está ese hombre? 

-Está a cubierto de vuestros ataques. 

-¡Lo veremos! Decidme el sitio. El Corsario había levantado la espada. 

-¡En Veracruz! -le dijo el viejo, considerándose perdido. 

-¡Ah!. . . -gritó el Corsario. 

Se dirigía hacia la puerta, cuando entró Carmaux en la estancia. 

El filibustero tenía sombrío el rostro, y en sus miradas se leía una viva inquietud. 

-¡Partamos, Carmaux! -le dijo el Corsario-. ¡Sé cuanto quería saber! 

-¡Un momento, capitán! -¿Qué quieres? 

-Mucho me alegraría de volver a bordo; pero creo que por ahora no sea fácil. 

-¿Por qué? 

-La casa está sitiada. -¡Bromeas! 

-¡Ojalá! Desgraciadamente, digo la verdad. 

-¿Quién nos ha vendido? -preguntó el Corsario mirando amenazadoramente a D. 

Pablo. 


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