La Reina del PacÃfico
La Reina del PacÃfico guerrero; pero viendo avanzar a Carmaux, juzgó inútil toda resistencia.
Por otra parte, temÃa por cierto que perderÃa la vida aun luchando con el Corsario solo, pues no ignoraba su destreza en el manejo de las armas.
-¡Caballero -dijo-, estoy en vuestras manos!
-¿Me conduciréis al pasaje secreto?
-¡Cedo a la violencia! -¡Precedednos!
El anciano cogió un candelabro que sobre un vargueño habÃa, y encendiéndolo, hizo al Corsario seña de seguirle.
Carmaux habÃa llamado ya a sus compañeros.
-¿A dónde vamos? -preguntó Van Stiller.
-Parece que huimos -repuso Carmaux.
-¿Vamos a bordo?
-¡Si se puede! ¡Me fÃo poco de este viejo!
-No le perderemos de vista. Tengo amartillada la pistola.
-Y yo -dijo Carmaux.
En tanto, D. Pablo habÃa salido de la estancia y se habÃa internado en un largo corredor.
El Corsario le seguÃa, espada y pistola en mano.
Como sus subordinados, desconfiaba del viejo administrador.
