La Reina del Pacífico

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18

guerrero; pero viendo avanzar a Carmaux, juzgó inútil toda resistencia. 

Por otra parte, temía por cierto que perdería la vida aun luchando con el Corsario solo, pues no ignoraba su destreza en el manejo de las armas. 

-¡Caballero -dijo-, estoy en vuestras manos! 

-¿Me conduciréis al pasaje secreto? 

-¡Cedo a la violencia! -¡Precedednos! 

El anciano cogió un candelabro que sobre un vargueño había, y encendiéndolo, hizo al Corsario seña de seguirle. 

Carmaux había llamado ya a sus compañeros. 

-¿A dónde vamos? -preguntó Van Stiller. 

-Parece que huimos -repuso Carmaux. 

-¿Vamos a bordo? 

-¡Si se puede! ¡Me fío poco de este viejo! 

-No le perderemos de vista. Tengo amartillada la pistola. 

-Y yo -dijo Carmaux. 

En tanto, D. Pablo había salido de la estancia y se había internado en un largo corredor. 

El Corsario le seguía, espada y pistola en mano. 

Como sus subordinados, desconfiaba del viejo administrador. 


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