La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -A quinientos o seiscientos metros.
-¡Pasad!
El viejo vaciló.
-¿Por qué queréis que os siga? -dijo-. ¿No os basta que so haya conducido hasta aquí?
-¿Quién nos asegura que nos hayáis puesto en buen camino? Cuando lleguemos a la salida, os dejaremos libre.
El viejo frunció las cejas mirando sospechosamente al Corsario, y se internó en el pasaje.
Los cuatro filibusteros le siguieron en silencio y sin dejar sus armas.
Una escalera tortuosa se encontraba más allá del pasaje.
El viejo bajó lentamente, con una mano ante las luces para evitar que las apagara el viento y se detuvo ante una galería subterránea.
-Estamos al nivel de la calle -dijo-. No tenéis más que seguir siempre derechos.
-Será cierto lo que decís; pero no os dejaremos. Os ruego que vayáis delante -dijo el Corsario.
-¡El viejo trama algo! -murmuró Carmaux.
-¿Adónde quiere mandarnos? ¡Hum!... ¡Qué olor a traición hay por aquí!
El señor de Ribeira, aunque de mala gana, echó a andar por el subterráneo, que era muy bajo y estrecho.
