La Reina del Pacífico

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19

-A quinientos o seiscientos metros. 

-¡Pasad! 

El viejo vaciló. 

-¿Por qué queréis que os siga? -dijo-. ¿No os basta que so haya conducido hasta aquí? 

-¿Quién nos asegura que nos hayáis puesto en buen camino? Cuando lleguemos a la salida, os dejaremos libre. 

El viejo frunció las cejas mirando sospechosamente al Corsario, y se internó en el pasaje. 

Los cuatro filibusteros le siguieron en silencio y sin dejar sus armas. 

Una escalera tortuosa se encontraba más allá del pasaje. 

El viejo bajó lentamente, con una mano ante las luces para evitar que las apagara el viento y se detuvo ante una galería subterránea. 

-Estamos al nivel de la calle -dijo-. No tenéis más que seguir siempre derechos. 

-Será cierto lo que decís; pero no os dejaremos. Os ruego que vayáis delante -dijo el Corsario. 

-¡El viejo trama algo! -murmuró Carmaux. 

-¿Adónde quiere mandarnos? ¡Hum!... ¡Qué olor a traición hay por aquí! 

El señor de Ribeira, aunque de mala gana, echó a andar por el subterráneo, que era muy bajo y estrecho. 


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