La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Un ruido sordo, que parecía el de una puerta maciza que se cierra, retumbó a pocos pasos.
-¡Traición! -gritó Carmaux. -¡Ha desaparecido! -gritó-. ¡Debí esperar esta traición!
Sonó un disparo y, a la luz de la pólvora había visto a pocos pasos una puerta que cerraba la galería.
-¡Por cien mil cuernos! ¡Nos ha burlado bien! -dijo Carmaux-. ¡Si ese viejo cae en mis manos palabra de ladrón que le ahorco!
-¡Silencio! -dijo el Corsario-. Encended una luz, una mecha, un pedazo de yesca;
¡cualquier cosa!
-He encontrado una vela, señor -dijo el negro-. Debe de haberse caído del candelabro.
Van Stiller encendió la vela.
-¡Veamos! -dijo el Corsario.
Se acercó a la puerta y la examinó atentamente.
Era maciza y estaba forrada de bronce; una verdadera puerta blindada.
Para echarla abajo hubiera sido menester un cañón.
-¡El viejo nos ha encerrado en el subterráneo! -dijo Carmaux-. ¡Ni el hacha del compadre Saco de carbón puede echarla abajo!
