La Reina del Pacífico

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20

Un ruido sordo, que parecía el de una puerta maciza que se cierra, retumbó a pocos pasos. 

-¡Traición! -gritó Carmaux. -¡Ha desaparecido! -gritó-. ¡Debí esperar esta traición! 

Sonó un disparo y, a la luz de la pólvora había visto a pocos pasos una puerta que cerraba la galería. 

-¡Por cien mil cuernos! ¡Nos ha burlado bien! -dijo Carmaux-. ¡Si ese viejo cae en mis manos palabra de ladrón que le ahorco! 

-¡Silencio! -dijo el Corsario-. Encended una luz, una mecha, un pedazo de yesca; 

¡cualquier cosa! 

-He encontrado una vela, señor -dijo el negro-. Debe de haberse caído del candelabro. 

Van Stiller encendió la vela. 

-¡Veamos! -dijo el Corsario. 

Se acercó a la puerta y la examinó atentamente. 

Era maciza y estaba forrada de bronce; una verdadera puerta blindada. 

Para echarla abajo hubiera sido menester un cañón. 

-¡El viejo nos ha encerrado en el subterráneo! -dijo Carmaux-. ¡Ni el hacha del compadre Saco de carbón puede echarla abajo! 


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