La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Sin embargo, el Corsario había visto las sombras señaladas por Carmaux. Era imposible saber cuántos eran; no obstante, no debían de ser pocos.
-Nos esperaban -murmuró el Corsario-. ¡Hombres del mar, adelante! ¡Daremos la batalla!
Se había arrollado el tabardo sobre el brazo izquierdo, y con la diestra mano empuñaba la espada, arma terrible en sus manos.
Habían recorrido unos diez pasos, cuando cayeron sobre ellos dos hombres armados de espada y pistola.
Se habían ocultado en un portal, y viendo aparecer al formidable Corsario se lanzaron sobre él, acaso con la esperanza de cogerle por sorpresa.
El caballero no era hombre dispuesto a dejarse coger así. Con un salto de tigre evitó las dos estocadas, y cargó a su vez, haciendo silbar la espada.
-¡Tomad! -gritó.
Con un golpe bien dirigido derribó en tierra a uno, y saltando por encima de él se precipitó sobre el segundo, que viéndose solo, huyó a todo correr.
Mientras el Corsario se desembarazaba de aquellos dos, Carmaux, Van Stiller y Moko se habían lanzado contra un grupo que había desembocado por una calle próxima.
-¡Dejadlos ir! -gritó el Corsario.
