La Reina del PacÃfico
La Reina del PacÃfico -¡Yara! -exclamó.
La joven india se enderezó rápidamente. Los grandes y dulces ojos de aquella criatura estaban aún húmedos de llanto.
-¿Qué haces aquÃ, muchacha? -le preguntó el Corsario-. ¿Quién me trajo a esta estancia? ¿Y mis hombres, dónde están?
-¡No os mováis, señor -dijo la joven.
-¡Dime dónde están mis hombres! -repitió el Corsario-. ¡Oigo fragor de armas en la calle!
-Vuestros hombres están aquÃ, pero...
-¡Continúa! -dijo el Corsario, viéndola vacilar-. ¡No los veo!
-Defienden la escalera, señor.
-¿Por qué?
-¿Habéis olvidado a los españoles?
-¡Ah!... ¡Es cierto!... ¿Están aquà los españoles?
-Han cercado la casa, señor -repuso angustiada la joven.
-¡Mil truenos! ¡Y yo en el lecho!...
El Corsario hizo ademán de levantarse; mas le retuvo un agudo dolor.
-¡Estoy herido! -exclamó-.
¡Ah!. . . ¡Ahora recuerdo!. . .
Sólo entonces se dio cuenta de que tenÃa el pecho vendado y las manos llenas de sangre.
