La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -Sí, capitán. Os han dado una estocada soberbia un poco debajo del corazón. Si el acero no llega a tropezar con una costilla, os atraviesa.
-¡No es grave!
-Es cierto -repuso Carmaux-. Yo creo que dentro de unos doce días podréis volver a dar estocadas de nuevo.
-¡Doce días! ¡Estáis loco, Carmaux!
-Tenéis que cerrar dos agujeros. Un poco más abajo os han hecho otro ojal mucho menos profundo que el primero, pero más doloroso.
- ¿Y vosotros, habéis pegado mucho? -preguntó el Corsario.
-Una media docena de hombres, a cambio de unos rasguños. Creíamos que nos habíais seguido y por eso continuamos la carga, creyendo abrirnos paso. Cuando vimos que os habíais quedado atrás, tratamos de volver sobre nuestros pasos.
-¿Cómo habéis sabido que estaba aquí?
-Nos lo avisó esta valiente muchacha.
-¿Y ahora?
- Estamos sitiados, capitán.
-¿Son muchos los enemigos?
-La obscuridad no me ha permitido aún apreciar su número -dijo Carmaux; pero estoy convencido de que son muchos.
