La Reina del Pacífico

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Señor -dijo la joven india, que no había perdido ni una sílaba de la conversación-, hay un sitio donde podréis resistir largo tiempo. 

-¿Algún escondite? -preguntó Carmaux. 

-No; en el torreón. 

-¡Mil ballenas! ¿Hay un torreón en esta casa? ¡Estamos salvados! Si es muy alto, podremos hacer señales a la tripulación del Rayo. 

CAPÍTULO IV 

SITIADOS EN EL TORREÓN  

Cinco minutos después el Corsario Negro, llevado en brazos por sus fieles marineros, se encontraba en el torreón de la casa del señor de Ribeira. Hasta la joven india había querido seguirle. 

Era el torreón una pequeña construcción, ni muy alta ni muy sólida. Aunque no fuese muy elevado, desde él se dominaba, no sólo toda la ciudad, sino hasta el puerto, en medio del cual estaba El Rayo. 

Una vez que hubo hecho colocar al Capitán sobre un viejo lecho ya fuera de uso, Carmaux se apresuró a asomarse a la ventana que miraba al puerto. Viendo los fanales del Rayo, no pudo contener un grito de alegría. 

-Desde aquí podremos cambiar señales con nuestra nave. ¡Ya veréis qué peladillas lanza El Rayo contra vuestras casas! 


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