La Reina del Pacífico

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-Eso estaba pensando, capitán. 

Desenvainó el sable y salió detrás de la joven, resuelto a protegerla a toda costa. 

Van Stiller y Moko, armados con hachas, se preparaban a deshacer la escalera. 

-¡Un momento, amigos! -dijo Carmaux-. ¡Primero los víveres; después la escalera! 

-Esperamos tus órdenes -repuso Van Stiller. 

-Por ahora, venid conmigo. Trataremos de proveernos de buenas botellas. 

Dejaron su refugio y bajaron al piso de D. Pablo. La joven india había entrado ya en una estancia donde se conservaban las provisiones de la casa, y, llenando un cesto con toda clase de viandas, volvía rápidamente al torreón. 

Carmaux y Van Stiller, viendo buen número de botellas polvorientas alineadas en una estantería, se apresuraron a apoderarse de ellas. No obstante, tuvieron el buen sentido de coger dos odres llenos de agua. 

Ya se preparaban a volver a su refugio, cuando en el corredor inferior oyeron precipitados pasos. 

-¡Que vienen! -exclamó Carmaux apoderándose de la cesta. 

-¡Deben de haber forzado el pasadizo secreto! -dijo Van Stiller-. ¡Pronto! 

¡Huyamos! 


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