La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -¡Tocado! -dijo Carmaux.
-¡Toma ésta! -gritó una voz.
Otro disparo sonó afuera, y la bala, pasando a pocas pulgadas de la cabeza del filibustero, arrancó la corniza superior del entredós.
Simultáneamente, algunos golpes de hacha bien dirigidos partían una tabla de la puerta. Cuatro o cinco arcabuces y algunas espadas aparecieron por la abertura.
-¡Tened cuidado! -gritó Carmaux a sus compañeros.
-¿Entran ya? -preguntó Van Stiller, que había empuñado su arcabuz por el cañón, a fin de usarlo como maza.
-¡Aún hay tiempo! -repuso Carmaux-. Si la puerta ya no resiste, todavía queda el entredós y tan macizo mueble ha de darles mucho que hacer.
-¡Lástima que no tengamos la bomba! -dijo Moko.
-Hubiera sido demasiado peligrosa, compadre Saco de carbón. Hubiéramos volado nosotros también.
En aquel momento gritó una voz:
- ¿Os rendís? ¿Sí, o no?
-¿A quién? -preguntó Carmaux.
- ¡Canario!... ¡A nosotros!
-La puerta ha cedido.
-No lo creo.
