La Reina del Pacífico

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- Nos servirán para sujetar las nuestras -dijo Carmaux. 

- ¡Compañeros! ¡Fuego sobre estos bergantes! 

Cuatro o cinco disparos retumbaron. 

-¿No podríamos nosotros entonar algún trozo parecido? 

-¡Sois libres! -repuso Carmaux. -Entonces, trataremos de hacer algo. 

Van Stiller, guareciéndose con el entredós, alcanzó el ángulo opuesto en el momento en que los españoles, creyendo asustar a sus adversarios, hacían una nueva y nutrida descarga. 

-¡Ya estoy! -dijo-. ¡A uno lo mando al otro mundo! 

Un soldado había pasado al través del boquete su espadón, tratando de hacer saltar una tabla del entredós. Seguro de no ser importunado por los sitiados, no se había cuidado de guarecerse tras la puerta. 

Van Stiller, que le había visto, alargó rápidamente el arcabuz y disparó sobre él. 

El español, herido en pleno pecho, dejó caer el espadón, extendió los brazos, y cayó sobre los compañeros que estaban detrás. 

En el mismo momento se oyó en la lontananza tronar siniestramente un cañón. 

Carmaux lanzó un grito. 


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