La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico -¡Preparados! -gritó Carmaux a sus compañeros-. ¡Aquí se juega la piel o la libertad!
EL ASALTO AL RAYO
Al oír el primer cañonazo el Corsario Negro, que hacía algunos minutos, vencido por su extremada debilidad y por la pérdida de sangre, había cerrado los ojos, despertó vivamente.
La joven india, que hasta entonces había permanecido junto al lecho sin apartar la vista del enfermo se irguió, adivinando de dónde procedían aquellas detonaciones.
-Es el cañón; ¿verdad, Yara? -preguntó el Corsario.
-Sí, señor -repuso la joven.
-¿Y por la parte del mar? -Sí; hacia la costa.
-Mira a ver lo que ocurre en la bahía.
-Temo que esos disparos vengan de vuestra nave.
La joven india se acercó a la ventana, y miró en dirección a la bahía.
El Rayo seguía anclado en el mismo sitio; pero había puesto la proa hacia la playa de modo que dominase con los cañones de estribor el fuerte de la ciudad. En su puente y a lo largo de las bandas se veía moverse muchos hombres.
