La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico Parecía qué el temor los había petrificado.
Entretanto, la nave seguía aproximándose, a pesar del huracón. Parecía un inmenso pájaro marino volteando sobre el mar tempestuoso. Salvaba intrépidamente la cresta de las olas, desapareciendo casi por completo, para volver a mostrarse a la incierta luz crepuscular.
Los rayos caían en torno de sus palos, y la lívida luz de los relámpagos se reflejaba en sus velas, enormemente henchidas. Las olas la asaltaban por todas partes, lamiendo sus flancos y barriendo a veces la cubierta; pero la nave no cedía. Había renunciado a las bordadas, y marchaba enfilando al puerto, como si hubiera estado cierta de encontrar un asilo seguro y amigo. ¿Quién podía ser el audaz que tan intrépidamente desafiaba el furor del mar Caribe? Sólo un marinero de las Tortugas, uno de aquellos condenados corsarios, podía atreverse a tanto.
Los pescadores y soldados se miraban unos a otros viendo a la nave llegar al antepuerto después de un último bandazo.
-¡Está llegando! -exclamó uno de ellos-. ¡A bordo preparan las anclas!
Los pescadores, sin esperar a más, partieron corriendo desaparecieron por las calles de la pequeña ciudad.
