La Reina del Pacífico
La Reina del Pacífico El Corsario Negro, apoyado en la ventana, seguía atentamente los diversos episodios de la batalla.
Parecía no sentir ningún dolor.
-¡Ánimo, hombres del mar! -gritaba-. ¡Una buena descarga sobre aquella chalupa que va a abordarnos! ¡Ya no son más que nueve!
-¡Señor, no os animéis así -le decía Yara intentando en vano hacerle sentarse-.
¡Pensad que estáis herido!
Al cabo de un rato un grito terrible salió de sus labios:
-¡Maldición!
Tres chalupas, no obstante las tremendas descargas de los filibusteros, habían llegado junto a la nave poniéndose a cubierto de su artillería, mientras que a la derecha de la península que se extendía ante la bahía habían aparecido de improviso las altísimas arboladuras de dos navíos.
-¡Señor! -gritó Yara, que las había visto-. ¡Vuestro Rayo va a ser cogido entre dos fuegos!
El Corsario iba a contestar, cuando penetraron en la estancia Carmaux, Moko y el hamburgués. Estaban rendidos, destrozados y cubiertos de pólvora de los disparos. El último tenía el rostro ensangrentado por efecto de un tajo recibido en plena frente.
