La Reina del Pacífico

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El Corsario Negro y sus compañeros creyeron al principio que Morgan había tomado la heroica resolución de lanzar al Rayo contra las dos naves antes de que éstas se dispusieran al combate, e intentar con un ataque fulminante ganar altamar para sustraerse a la lucha; pero pronto comprendieron que no era tal la intención del astuto lugarteniente. 

El Rayo, aprovechando un golpe de viento, había evitado primero hábilmente el abordaje de las primeras chalupas que lo alcanzaron, y con una bordada había entrado en el pequeño puerto, situándose tras un islote que se alzaba entre la costa y la península formando una especie de dique. 

-¡Ah, bravo Morgan! -exclamó el señor de Ventimiglia que había comprendido la atrevida maniobra de El Rayo-. ¡Ha salvado mi nave! 

-¡Pero los dos navíos irán a sacarle del refugio! -dijo Carmaux. 

-Te engañas -repuso el señor de Ventimiglia-: no hay agua suficiente para barcos de ese calado. 

-Más tarde nos impedirán la salida a nosotros. 

-¡Eso ya lo veremos, Carmaux!  

-¿Y estaremos salvados, capitán?  

-¡No corras tanto, amigo! 

-Sin embargo, será preciso que nos vayamos un día u otro. 

-¡Ya sabes que tengo prisa por ir a Veracruz! 


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