La Reina del Pacífico

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-Lo bastante para impedir que nos lleguen las balas. 

-¡Id, pues, valientes! 

-Y vos, acostáos, señor -dijo la joven india. 

-¡Imposible! -dijo el Corsario con voz sorda-. ¡Me interesa demasiado mi nave para abandonar esta ventana! 

-¿Y vuestras heridas? 

-¡Bah! ¡Ya curarán más tarde! 

Mientras Carmaux y sus compañeros hacían sus preparativos de defensa, las dos naves de alto bordo habían echado anclas frente a la bahía, guardando una distancia de doscientos metros entre sí, y presentando el estribor a la costa, a fin de descargar toda la banda contra El Rayo en el caso de que éste hubiese intentado forzar el bloqueo. 

Morgan no tenía intención alguna de presentar batalla a tan fuertes adversarios. 

Rechazadas con algunos certeros disparos las chalupas que habían intentado abordar a El Rayo, y reducidos al silencio los cañones del fortín, había hecho anclar tras el islote. 

Las dos naves enemigas, tras algunos ineficaces disparos, habían botado al agua algunas embarcaciones que se habían dirigido hacia el fortín. 

Al verlas dijo el Corsario que las había seguido con la mirada. 


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