La Reina del Pacífico

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Mientras los dos filibusteros disparaban algunas descargas contra los españoles para retrasar el asalto, el negro, con pocos, pero poderosos golpes de hacha, cortó la escalera en trozos, que colocó junto a la ventana. 

-¡Ya está! -dijo. 

-Ahora se trata de subir al tejadillo para hacer la señal -dijo el Corsario Negro. 

-La cosa no me parece difícil, capitán. 

Salió al borde de la ventana, y alargó las manos hacia el alero del tejado, probando primero su resistencia. 

La empresa era tanto más peligrosa, cuanto que no tenía punto alguno de apoyo; pero el negro estaba dotado de una fuerza prodigiosa y de una agilidad capaz de competir con la de un simio, y con una flexión se izó a pulso hasta el alero del tejado o plataforma superior. 

-¿Estás, compadre? -le preguntó Carmaux. 

-Sí, compadre blanco -contestó Moko con cierto temblor en la voz. 

-¿Se puede encender fuego ahí encima? 

-Sí; dame la leña. 

Se asomó a la ventana, y pasó al negro los leños de la escalera. 

-Dentro de poco encenderás la hoguera -le dijo-. Una llamarada cada dos minutos. 


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