Las Hijas de los faraones

Las Hijas de los faraones

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CAPĂŤTULO VII

LA HECHICERA

Los adoradores de Bast, cada vez más excitados por el mucho vino, que no debían haber digerido todavía, según se ha dicho, habían irrumpido en masa en el sett, encaminándose resueltamente hacia el velero, que seguía encontrándose preso e inmóvil entre las hierbas acuáticas, a pesar de los esfuerzos prodigados por los etíopes para abrirse camino. Bastantes se habían provisto de ramas resinosas, que encendían como antorchas y que realmente no debían servir para iluminar el camino, ya que en Egipto las noches son de una transparencia maravillosa que permite distinguir un objeto por pequeño que sea a distancia increíble. Eran precisamente aquellas antorchas vegetales las que impresionaron a Ata, que no combatía en las márgenes del Nilo por primera vez.

—¡Protejámonos! —gritó—. Nos van a llover flechas incendiadas y corremos el peligro de morir abrasados.

También Ounis había fruncido el ceño y una profunda inquietud había aparecido en su rostro.

—¿Qué el Hijo del Sol deba morir aquí, antes de haber podido ver a la orgullosa Menfis?

Mirinri que sentĂ­a arder en sus varas la sangre de sus antepasados guerreros, habĂ­a organizado prontamente la defensa. ParecĂ­a que de golpe se hubiese convertido en un viejo y experimentado general.


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