Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones LA HECHICERA
Los adoradores de Bast, cada vez más excitados por el mucho vino, que no debĂan haber digerido todavĂa, segĂşn se ha dicho, habĂan irrumpido en masa en el sett, encaminándose resueltamente hacia el velero, que seguĂa encontrándose preso e inmĂłvil entre las hierbas acuáticas, a pesar de los esfuerzos prodigados por los etĂopes para abrirse camino. Bastantes se habĂan provisto de ramas resinosas, que encendĂan como antorchas y que realmente no debĂan servir para iluminar el camino, ya que en Egipto las noches son de una transparencia maravillosa que permite distinguir un objeto por pequeño que sea a distancia increĂble. Eran precisamente aquellas antorchas vegetales las que impresionaron a Ata, que no combatĂa en las márgenes del Nilo por primera vez.
—¡Protejámonos! —gritó—. Nos van a llover flechas incendiadas y corremos el peligro de morir abrasados.
TambiĂ©n Ounis habĂa fruncido el ceño y una profunda inquietud habĂa aparecido en su rostro.
—¿QuĂ© el Hijo del Sol deba morir aquĂ, antes de haber podido ver a la orgullosa Menfis?
Mirinri que sentĂa arder en sus varas la sangre de sus antepasados guerreros, habĂa organizado prontamente la defensa. ParecĂa que de golpe se hubiese convertido en un viejo y experimentado general.
