Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones LA BARCA DE LOS GATOS
El pequeño navío proseguía descendiendo por el Nilo. Mirinri, sentado en el alcázar del buque, parecía haberse olvidado ya de la profecía de la hechicera. Con la cabeza apoyada entre las manos, miraba siempre ante sí, como si la visión de la Faraona, que había arrancado de las temibles fauces del cocodrilo se hallase siempre ante él. Ounis, apoyado en la barandilla, miraba distraídamente las aguas del río y no hablaba. Los etíopes, en pie cerca de los palos de las enormes velas, no se distraían en espera de que algún golpe de viento les obligase a una nueva maniobra. Tampoco Ata, que estaba apoyado en la baranda de proa, pronunciaba ninguna palabra.
