Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones LAS MARAVILLAS DEL TEMPLO DE KANTATEK
Cuando Nefer regresó a la orilla, Mirinri se encontraba todavía allí, sentado en la base del obelisco, con la daga desnuda en la mano y la mirada fija en la linde del bosque, dispuesto a correr en ayuda de la muchacha, si algún peligro la hubiese amenazado. Al verla salir por el claro abierto entre la muralla de verdor, se levantó prestamente y se dirigió a su encuentro. Nefer lo acogió con una sonrisa y con una mirada intensa.
—La isla es tuya, mi señor —le dijo—. Los espíritus de los reyes nubios han reentrado en sus sarcófagos y ya no saldrán de ellos hasta que yo quiera.
—¿Tú los has visto? —preguntó Mirinri.
—Sí, vagaban por las copas de las palmeras.
—¿Quién eres tú que posees tal poder? Yo he oído tu invocación y luego un gran ruido que ha asustado a los etíopes e incluso a Ata y a Ounis.
—Eran los sarcófagos que se cerraban —respondió Nefer en voz baja.
—Hasta ahora yo no creía en ti.
—¿Y ahora?
—Envidio tu oculto poder. Si lo poseyera, tal vez ahora la orgullosa Menfis sería mía y mi padre estaría vengado.
—Yo nada puedo contra los vivos —dijo Nefer.
—¿Has estado en el templo?
