Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones EL GOLPE DE DAGA DE NEFER
Mirinri, siguiendo el consejo de la hechicera, habĂa vaciado nuevamente la copa, sin preocuparse más de sĂ descubrĂa en el fondo de la misma los dos ojos de la joven Faraona que le habĂan encendido en el corazĂłn aquella llama que no acertaba a apagar. Vencido por la embriaguez, se habĂa dejado caer sobre la esplĂ©ndida piel de leĂłn, sujetándose con una mano la cabeza, y Nefer se puso a su lado, agitando ante su rostro un abanico de plumas de avestruz que le habĂa dado una esclava. TambiĂ©n Ounis y Ata habĂanse dejado caer sobre las pieles que les servĂan de alfombra, y los etĂopes, ya casi todos ellos ebrios, les habĂan imitado y escuchaban bostezando las historias que las danzarinas, que se habĂan sentado a sus mesas, les estaban narrando.
—Mi señor —dijo Nefer, con una pérfida sonrisa—. ¿No te parece que la vida es hermosa as�
—SĂ, más hermosa que la del desierto —respondiĂł Mirinri que se sentĂa cada vez más fascinado con la mirada ardiente de la joven—. AquĂ he probado una felicidad que allĂ, entre, las arenas, no habĂa siquiera soñado de lejos. Lo has logrado tĂş, Nefer, tĂş eres una diosa. Ahora ya no tengo ninguna duda.
—Si todos los dĂas fuesen asĂ, Âżte gustarĂa esta clase de vida?
—SĂ, pero olvidas que tengo que conquistar un trono.
