Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones EL GRAN SACERDOTE DE PTAH
Durante bastantes días Nefer, Mirinri y Ounis se dejaron ver ora en una, ora en otra plaza del barcia de los extranjeros, ella pronunciando encantamientos y facilitando recetas, el otro haciendo el oficio de cajero y el tercero haciendo sonar sin compasión el tambor de terracota, con una constancia envidiable. Comenzaban ya a impacientarse y a temer que Ata no hubiese conseguido realizar sus planes, cuando al atardecer del decimoquinto día desde que se encontraban en Menfis, oyeron golpear la puerta por tres veces. Ounis y Mirinri que temían continuamente alguna sorpresa por parte de los espías de Pepi, cogiendo sus dagas se lanzaron a la primera estancia, interrumpiendo bruscamente su cena, dispuestos a enfrentarse contra cualquier peligro. Al oír resonar otros tres golpes más violentos que los anteriores, Mirinri que no era demasiado paciente y estaba dispuesto siempre a afrontar cualquier peligro, preguntó con vez amenazadora.
—¿Quién es el inoportuno que viene a estorbarnos?
—Soy yo, Ata. Silencio, mi señor.
Mirinri había abierto y el egipcio penetró rápidamente, cerrando la puerta tras de sí.
—Temía no encontraros ya —dijo.
—¿Por qué? —preguntó Ounis.
