Las Hijas de los faraones
Las Hijas de los faraones EN LOS SUBTERRÁNEOS DEL PALACIO REAL
Cuando Mirinri pudo reabrir sus ojos, en lugar del soberbio palacio de los Faraones egipcios, se encontró sumido en profundas tinieblas.
La espléndida visión había desaparecido juntamente con la dorada litera de la muchacha a la que había salvado, con el sol resplandeciente de la inmensa avenida y las luces que lo habían deslumbrado.
Por un momento se creyó ciego. ¿Por qué sus enemigos no podían haber aprovechado su imprevisto desvanecimiento para vaciarle los ojos con una bola al rojo vivo? Ounis le había explicado, más de una vez, castigos semejantes. No habría sido pues nada extraordinario que lo hicieran.
Aquel terrible pensamiento que le sobresaltó, pasó pronto, porque no sentía ningún dolor y sus párpados se levantaban y bajaban sin dificultad alguna.
«Quizá sea noche profunda» se dijo finalmente. «¿Pero dónde estoy? ¿En un sepulcro o en un subterráneo del palacio real? ¿Y Nefer? ¿Y Ounis? ¿Qué les habrá pasado? ¡Ah! ¡La siniestra profecía de la muchacha me lo había predicho! ¡Y era verdad!».
Se puso de rodillas, extendiendo sus manos. No tocó nada, sólo densas tinieblas le rodeaban.
