Las Hijas de los faraones

Las Hijas de los faraones

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CAPÍTULO XI

LA NECRÓPOLIS DE MENFIS

Mirinri, cuyo cerebro, tras la visión del horrendo espectáculo, parecía haberse ofuscado, se quedó inmóvil, mirando con una insensibilidad imposible de describir ora a Pepi ora al embalsamador oficial de la corte. Seguro que no había comprendido el plan del rey. Este, que lo contemplaba sonriendo maliciosamente, como si intentase captar el efecto que habían producido sus palabras en el ánimo del joven, al ver que permanecía inmóvil, como fulminado, repitió:

—Oigamos antes que es lo que nos va a decir el embalsamador.

—¡El embalsamador! —exclamó finalmente Mirinri, como si en aquel momento se despertase—. ¿Qué tiene que ver ese hombre con mi destino?

—¿Con qué destino? —preguntó Pepi siempre irónico.

—Con el mío.

—¿Y qué es lo que te decía tu destino? Será curioso saberlo.

—Que reconquistaré el trono de mi padre.

—¿Quién te lo predijo? —gritó Pepi, que no pudo menos de sobresaltarse.

—El cielo, la tierra y una hechicera —respondió Mirinri.

—¡Ah! ¡Tonterías!


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