Los dos tigres
Los dos tigres Uno de los grabs se habÃa puesto ya en marcha, deslizándose por entre los barcos que llenaban el rÃo, mientras que el otro velero se disponÃa a seguirle.
Sandokán los observaba atentamente, sin dar señal alguna de inquietud; no era hombre que se preocupase porque aquellos barcos tuvieran una tripulación más numerosa que la suya propia y estuviesen armados con pequeños cañones.
Se habÃa medido con otros adversarios mucho más fuertes y poderosos, y los habÃa vencido.
Una mano que se posó sobre su hombro le hizo volver la cabeza.
Yáñez y Tremal-Naik, seguido de Kammamuri, habÃan subido a cubierta.
—¿Tendrás razón —preguntó Yáñez— o se tratará de una simple casualidad?
—Es una casualidad muy sospechosa —respondió Sandokán—. Estoy convencido de que nos siguen para ver si vamos a anclar en algún canal de los Sunderbunds.
—¡Qué! ¿Pretenderán atacarnos?
—No creo que lo hagan en el rÃo; pero tal vez sà en el mar. Lo primero me molestarÃa, a pesar de la confianza que tengo en Sambigliong.
—Nosotros tenemos que desembarcar antes de que lleguemos a la boca del rÃo —dijo Tremal-Naik—. Khan dista mucho del mar.