Los dos tigres

Los dos tigres

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Las balas y las descargas de metralla se sucedían, y las carabinas de los tigres diezmaban la tripulación, la cual buscaba, en vano, uní refugio detrás de las amuras que aún quedaban en pie y de los mástiles derribados.

El otro velero hacía grandes esfuerzos para socorrer a su compañero; pero, privado del trinquete como estaba, avanzaba con gran lentitud, y sus cañonazos carecían de eficacia, pues los proyectiles apenas llegaban al lugar hacia el que iban dirigidos.

—¡Vamos! —dijo Sandokán—. ¡Otra andanada, Yáñez, y habremos terminado! ¡Tira con bala y a flor de agua!

En un brevísimo espacio de tiempo, cuatro disparos abrieron otros tantos agujeros en el casco del grab.

El pobre barco, que todavía, se mantenía a flote por un verdadero milagro, se ladeó bruscamente sobre babor, que era donde estaba acumulado el peso de los mástiles y por donde entraba el agua a través de las grietas producidas en el casco, y enseguida se volcó, quedando la quilla al aire.

Los tripulantes se habían lanzado al agua en el último momento, y nadaban desesperadamente. Algunos se dirigían hacia el islote, y otros hacia el segundo velero, el cual se había quedado inmóvil sobre un banco de arena.

—¿Les disparamos? —preguntó Yáñez.


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