Los dos tigres

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12. La acometida del rinoceronte

El peligrosísimo paquidermo había abandonado su lugar de reposo donde se habría detenido, probablemente, para resguardarse de los rayos del sol, los cuales son capaces, en pocos minutos, de levantar ampollas en la piel.

Advirtiendo la proximidad de seres humanos, por el ruido que hacían los parangs al cortar las cañas, se había alejado sin hacer ruido antes de que llegase a donde él estaba.

Como muy bien había dicho Tremal-Naik, el enorme animal debía de hallarse aquel momento de muy buen humor para que, a pesar de que aquella bestia encarna y representa todo cuanto la fuerza material pueda tener de más violento, brutal e irreflexivo, hubiese dejado el paso libre.

Conocedor de su propia fuerza, realmente prodigiosa, de su extremada agilidad y del arma que posee, con la cual es capaz de herir sin la menor dificultad incluso a un elefante, casi nunca esquiva la lucha. Ataca a hombres y animales con furor ciego, y nada puede resistir su terrible acometida, en cuanto se ha lanzado al ataque. Además, su durísima piel le protege contra las balas y su única parte vulnerable es el cerebro; pero es preciso herirle en uno de los ojos, lo cual no es demasiado fácil.


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