Los dos tigres

Los dos tigres

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14. El primer tigre

Los elefantes, a una voz de sus respectivos cornacs, disminuyeron la marcha.

También ellos se debían de haber dado cuenta de la vecindad de la peligrosa fiera, porque de improviso se habían vuelto todavía más cautos; especialmente el comareah, que iba delante montado por Sandokán y sus compañeros.

Como era menos alto que el otro, corría el riesgo de que el bâg le sorprendiera antes de que pudiera verle; por eso, apenas apartaba las cañas, recogía enseguida la trompa, arrollándola entre sus enormes colmillos.

A pesar de que los elefantes tienen la piel muy gruesa, son de una extremada sensibilidad. Especialmente la trompa es delicadísima; por lo tanto, es de suponer el cuidado que muestran en no exponerla a los zarpazos de los temibles felinos.

Sandokán y sus compañeros, puesto en pie y empuñando la carabina, procuraban descubrir al bâg, sin conseguirlo. La vegetación era en aquel lugar tan espesa, que no resultaba fácil ver lo que había ante ellos.

Sin embargo, debía de hacer poco tiempo que había pasado por allí, pues todavía se olía el característico hedor que dejan tras de sí esos animales.

Seguramente, los ladridos de «Punty» le habían obligado a alejarse.


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