Los dos tigres
Los dos tigres El prao, visto desde fuera, era ya de por sí una nave elegante; sin embargo, el camarote de popa era algo más que eso, era realmente lujoso. Se veía que su dueño no había escatimado gasto alguno, en lo que a su decoración y regio mobiliario se refería.
El saloncito en donde acababan de entrar Yáñez, Sandokán y Kammamuri, ocupaba la mayor parte del departamento de popa. Sus paredes estaban tapizadas de seda roja de China, adornada con floréenlas bordadas en oro. Pendían de los tabiques numerosas armas, artísticamente distribuidas, entre las que destacaban los kriss malayos de hoja ondulada y aguda punta, tal vez envenenada con el terrible jugo del upas, los campilanes y parangs dayakos de ancha y pesada hoja; pistolas y pistolones con los cañones llenos de arabescos y la culata de ébano incrustada de nácar; carabinas indias, de maravillosa labor nielada, etc. En fin, ni siquiera faltaban los viejos trabucos de ancha boca, que antiguamente usaban las belicosas tribus buguesa y de Mindanao.
A lo largo de las paredes del saloncito se veía una hilera de bajos divanes, tapizados de seda blanca floreada; en el centro había una mesa de ébano con fileteados de nácar, y del techo pendía una lámpara de Venecia con un globo de color rosa, ya encendida, y que esparcía en torno una luz muy suave.
