Los dos tigres
Los dos tigres El grito había resonado por la parte del río y Sandokán, al oírlo, se lanzó con la velocidad del rayo en aquella dirección, seguido de cerca por Yáñez y Tremal-Naik.
Por la mente de los tres cazadores cruzaba una misma sospecha: la de que los estranguladores de Raimangal habían sorprendido a alguno de sus hombres, los cuales hablaban muy bien en inglés, y que estaban ahogándole.
La velocidad que desplegó el formidable pirata en su carrera era tal, que podía competir con la de los tigres; por lo tanto, en sólo pocos segundos atravesó los últimos grupos de pipales, dejando a sus compañeros atrás, a una distancia de unos centenares de metros.
Cerca de la orilla del río vio a cinco hombres medio desnudos, que tiraban de una cuerda y arrastraban por encima de la hierba a un bulto que se debatía, y que Sandokán no pudo distinguir enseguida porque los cálamos eran bastante elevados.
Pero como había oído el grito de «¡socorro, que me ahogan!», lo más probable sería que aquello que arrastraban era la persona que lo había lanzado.
Sin dudar un solo instante, el valiente pirata dio un último salto y se lanzó hacia aquellos hombres, gritando con voz amenazadora:
—¡Quietos, bribones, u os disparo un tiro como a perros rabiosos!
