Los dos tigres
Los dos tigres En cuanto el señor De Lussac se hubo quedado plácidamente dormido, Yáñez salió de la tienda sin hacer ruido y fue a la de Sandokán, en la cual todavÃa se veÃa luz.
El formidable jefe de los piratas de Mompracem estaba todavÃa despierto, fumando tranquilamente en compañÃa de Tremal-Naik, en tanto que Surama, la hermosa bailarina, preparaba varias tazas de té.
El valiente pirata no se veÃa acosado por el sueño, ya que estaba muy habituado a las largas vigilias pasadas en alta mar. También el bengalÃ, aun cuando hacÃa mucho rato que habÃa pasado ya la medianoche, tenÃa la mirada limpia del hombre que ha descansado lo suficiente.
—¿Ha terminado el coloquio con el francés? —preguntó Sandokán, volviéndose hacia Yáñez.
—Ha sido un poco largo —dijo el portugués—, porque he tenido que darle muchas explicaciones que eran absolutamente precisas.
—¿Acepta?
—SÃ; será de los nuestros.
—¿Ya sabe quiénes somos?
