Los dos tigres

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17. Señales misteriosas

En cuanto el señor De Lussac se hubo quedado plácidamente dormido, Yáñez salió de la tienda sin hacer ruido y fue a la de Sandokán, en la cual todavía se veía luz.

El formidable jefe de los piratas de Mompracem estaba todavía despierto, fumando tranquilamente en compañía de Tremal-Naik, en tanto que Surama, la hermosa bailarina, preparaba varias tazas de té.

El valiente pirata no se veía acosado por el sueño, ya que estaba muy habituado a las largas vigilias pasadas en alta mar. También el bengalí, aun cuando hacía mucho rato que había pasado ya la medianoche, tenía la mirada limpia del hombre que ha descansado lo suficiente.

—¿Ha terminado el coloquio con el francés? —preguntó Sandokán, volviéndose hacia Yáñez.

—Ha sido un poco largo —dijo el portugués—, porque he tenido que darle muchas explicaciones que eran absolutamente precisas.

—¿Acepta?

—Sí; será de los nuestros.

—¿Ya sabe quiénes somos?


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