Los dos tigres

Los dos tigres

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19. La desaparición de la bayadera

El cornac regresaba en un deplorable estado. Todo indicaba que debía de haber corrido mucho.

Iba cubierto de lodo de los pies a la cabeza. Las ropas estaban hechas jirones por muchos sitios; había perdido el turbante y la faja, y las piernas le sangraban hasta por encima de las rodillas.

No obstante, aún conservaba en la mano el aguijón con el que guiaba al merghee, y que era un arma más que suficiente para abrir el cráneo a una persona.

Cuando le vieron aparecer, todos salieron a su encuentro precipitadamente, aturdiéndole con preguntas. El pobre hombre, que respiraba con dificultad, no respondía más que por medio de gestos llenos de desesperación, señalando al elefante y al junglar.

—Bebe un sorbo —dijo Sandokán, que todavía llevaba colgado a un costado su frasco lleno de licor—. Cobra aliento, y cuéntalo todo sin perder tiempo. ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Quién ha matado al merghee?

El cornac bebió algunos sorbos con avidez, y enseguida, con voz ahogada aún por la emoción y por la larga carrera, dijo:

—Los thugs… estaban allí…, escondidos detrás de ese muro, cubiertos con pieles de nilgó… ¡Miserables!… Esperaban el momento… para caer encima… de nosotros.


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