Los dos tigres
Los dos tigres El cornac regresaba en un deplorable estado. Todo indicaba que debÃa de haber corrido mucho.
Iba cubierto de lodo de los pies a la cabeza. Las ropas estaban hechas jirones por muchos sitios; habÃa perdido el turbante y la faja, y las piernas le sangraban hasta por encima de las rodillas.
No obstante, aún conservaba en la mano el aguijón con el que guiaba al merghee, y que era un arma más que suficiente para abrir el cráneo a una persona.
Cuando le vieron aparecer, todos salieron a su encuentro precipitadamente, aturdiéndole con preguntas. El pobre hombre, que respiraba con dificultad, no respondÃa más que por medio de gestos llenos de desesperación, señalando al elefante y al junglar.
—Bebe un sorbo —dijo Sandokán, que todavÃa llevaba colgado a un costado su frasco lleno de licor—. Cobra aliento, y cuéntalo todo sin perder tiempo. ¿Qué ha sucedido aquÃ? ¿Quién ha matado al merghee?
El cornac bebió algunos sorbos con avidez, y enseguida, con voz ahogada aún por la emoción y por la larga carrera, dijo:
—Los thugs… estaban allÃ…, escondidos detrás de ese muro, cubiertos con pieles de nilgó… ¡Miserables!… Esperaban el momento… para caer encima… de nosotros.
