Los dos tigres

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Además la tierra se había empapado con la lluvia, hasta el extremo de haberse convertido el junglar en un inmenso pantano, en el cual el elefante se hundía a veces hasta el vientre, imprimiendo al houdah tan bruscas sacudidas, que los cazadores se veían precisados a agarrarse fuertemente a las cuerdas, para no ser despedidos al suelo.

Pero no se hallaba traza alguna de los raptores de Surama, a pesar de que el elefante avanzaba con una velocidad superior al galope de un caballo.

En vano Sandokán, Yáñez y sus compañeros miraban hacia todas partes: los thugs no se veían. No hubiera sido difícil descubrirlos, pues los bambúes estaban derribados y los cálamos yacían en el suelo.

—¿Nos habremos equivocado acerca de la dirección que han seguido esos hombres? —preguntó Yáñez, después de una hora de continuo galope—. En esta hora hemos recorrido lo menos diez millas.

—¿Los habremos dejado atrás? —dijo Tremal-Naik.

—De ser así, les hubiésemos visto. El junglar está ahora descubierto, y desde esta altura se puede ver a un hombre con facilidad.

—Y mejor todavía un elefante —replicó el bengalés.

—¿Qué quieres decir con eso, Tremal-Naik?


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