Los dos tigres
Los dos tigres —No seré yo quien se atreva a cerrar los ojos —dijo Tremal-Naik—. Aquà estamos al descubierto, y los thugs que nos han tendido la emboscada tienen fusiles y no tiran mal.
—SĂ; cuente usted, señor De Lussac —dijo Sandokán—. AsĂ pasará el tiempo mejor y más deprisa.
—El hecho sucediĂł hace unos cuatro meses. Yo tenĂa grandes deseos de cazar entre los cañaverales de los junglares que bordean el Hugly; y como era amigo del teniente de marina encargado de aprovisionar y renovar los vĂveres de las torres de refugio, y habĂa obtenido un permiso para poder embarcar en cualquiera de las chalupas de vapor que hacĂan ese servicio, me embarquĂ©.
ȃramos ocho a bordo: un timonel, un contramaestre, tres marineros, un maquinista, un fogonero y yo.
»Ya habĂamos visitado varias torres, renovando los vĂveres, cuando una tarde, poco antes del anochecer, llegamos ante la torre de Sjawrak, que se halla a unos cien metros del rĂo, pues el terreno es demasiado fangoso en la orilla.
»HabĂamos visto revolotear muchas ocas por encima de los cañaverales y huir a varios antĂlopes; me unĂ a los dos marineros encargados de conducir las provisiones, y emprendimos la marcha hacia la torre.