Los dos tigres

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22. Sirdar

El prisionero, tal vez el único que habría escapado con vida de aquel horrible combate, ya que a los tres hombres que se habían echado a la laguna no se les había visto volver a subir a la superficie, era un hermoso joven, de formas casi hercúleas, facciones finas que parecían indicar que era descendiente de las castas más elevadas, a pesar de que el color de su piel era casi tan oscuro como el de los molangos.

Al darse cuenta de que le estaban atando había dicho a Tremal-Naik, que todavía le amenazaba con el hacha llena de sangre del piloto:

—¡Máteme a mí también! ¡Yo no tengo miedo a la muerte! ¡Hemos perdido, y es justo que yo reciba mi parte!

Después, y a pesar de haber intentado en vano romper las ligaduras que le rodeaban los brazos y las piernas, se había tendido sobre la cubierta, sin volver a decir nada ni manifestar temor alguno por la suerte que podía esperarle.

—Señor De Lussac —dijo Sandokán—, siéntese cerca de ese hombre y vigílele bien, no fuera que intentase huir. Si fuera así, mátele de una puñalada. Nosotros vamos a limpiar la cubierta de todos estos cadáveres.

—¿Respira todavía el cornac?


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