Los dos tigres

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24. La pagoda de los «thugs».

La hermosa bailarina Surama había aparecido de improviso en las lindes de un grupo de bambúes, empuñando un tarwar, del cual se había servido para abrirse paso por entre las espesas plantas que cubrían el suelo pantanoso de la isla.

Vestía nuevamente el espléndido y pintoresco traje de las bailarinas religiosas, con la ligera coraza de madera dorada y el juboncito de seda azul bordado de plata y perlitas o aljófar de Ceylán.

Todos, incluso «Darma», se precipitaron a su encuentro, y este último demostraba su contento frotando el hocico en el jubón de la joven.

—¡Hermosa mía! —exclamó Yáñez, que estaba vivamente conmovido—. ¡Te creía perdida!

—Ya ve usted, sahib, que vivo todavía. Sin embargo, he tenido mis dudas de si me habían robado nuevamente para inmolarme en honor de la divinidad.

—¿Quién te envía? —preguntó Tremal-Naik.

—Ya os he dicho que Sirdar. Me ha encargado que os advierta que hoy a medianoche se hará la ofrenda de sangre ante la estatua de la diosa Kali.

—¿Y quién ha de verterla? —preguntó, con angustia, el bengalí.

—La virgencita de la pagoda.

—¡Miserables! ¿Has visto tú a mi hija?


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