Los dos tigres

Los dos tigres

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25. En el refugio de los «thugs».

¿De qué modo aquel hombre, que había huido casi inerme a través de las islas de los Sunderbunds, cubiertas de fango, había logrado librarse del veneno de las serpientes de cascabel, de los anillos de las pitones, de los dientes afilados de los saurios y de las garras de las panteras y de los tigres, y había conseguido llegar a la madriguera de los sectarios de Kali?

¿Y por qué, en lugar de aparecer Suyodhana con la pequeña Damna para llevar a cabo el ofrecimiento de la sangre, se encontraba él frente a aquella turba de fanáticos? ¿Acaso Sirdar les había traicionado, o les habían visto cuando escalaban la pagoda?

Ni Sandokán ni los demás tuvieron tiempo de explicarse lo que ocurría. Los thugs les acometían por todas partes con los lazos, los pañuelos de seda, los tarwars y los puñales, aullando de una manera insoportable.

—¡Mueran los que han profanado la pagoda! ¡Kali! ¡Kali!

Sandokán se había lanzado fuera de la capilla, apuntando con la carabina hacia el manti, que iba precediendo a los estranguladores con el kampilang que cogió a uno de los dos centinelas del prao.

—¡Viejo! ¡La primera bala para ti! —exclamó el formidable pirata.

Resonó un tiro, que bajo la cúpula produjo el estampido de un petardo.


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