Los dos tigres
Los dos tigres Poco después aquel grupo de hombres embocaba la galería lateral que, según había dicho Kammamuri, conducía a la pagoda subterránea y a las principales cavernas que servían de habitación y refugio a los secuaces de Suyodhana.
En todos los pechos alentaba el enorme deseo de acabar de una vez para siempre con aquella infame secta, que tantas víctimas había costado, para poder ofrecer a su monstruosa divinidad, sangre humana.
Ni siquiera De Lussac hizo la menor observación de protesta contra el cruel, pero merecido castigo que Sandokán se proponía aplicar a aquella secta de asesinos.
Los thugs no habían dado señal alguna de vida desde que los piratas invadieron la pagoda y la galería; el hauk había cesado de redoblar; pero Sandokán y sus compañeros no se hacían ilusiones respecto a que ya no opusieran resistencia; por el contrario, estaban seguros de que la encontrarían y avanzaban con grandes precauciones para no caer en un lazo; iban inclinados, con objeto de no servir de blanco a una descarga hecha de improviso.
