Los dos tigres

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28. En persecución de Suyodhana

Apenas el sol había empezado a iluminar las puntas de los bambúes en los Sunderbunds cuando la pinassa, que llevaba a bordo a los supervivientes de la expedición reducidos ahora a veinticinco hombres, arribaba a Port-Canning, pequeña estación fluvial inglesa situada a unas veinte millas de la costa occidental de Raimangal y unida a Calcuta por una buena carretera que atraviesa parte del delta del Ganges.

Aquel era el camino más corto para ir a la capital de Bengala, pues por la vía marítima hubieran tenido que remontar todas las lagunas occidentales de los Sunderbunds hasta subir al Hugly, además de dar un rodeo por la isla de Baratela.

Lo primero que hicieron Sandokán y el señor De Lussac fue informarse del estado de la insurrección.

Las noticias eran muy alarmantes. Todos los regimientos indostanos sublevados en Cawnpore, Lucknow y Merut habían matado a sus oficiales y a los europeos que había en dichas ciudades, y la Rhani-Yhansie enarboló el estandarte de la revuelta, después de haber mandado fusilar a la reducida guarnición inglesa.

El Bundelkund ardía en plena revolución, y Delhi, la ciudad santa, había caído en poder de los insurrectos, que se proponían resistir dentro de ella.


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