Los dos tigres

Los dos tigres

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No era preciso más para excitar a los conductores, los cuales manejaron concienzudamente las fustas de mango corto y larguísima correa, que dominan con una habilidad maravillosa.

Los seis carruajes salieron como rayos, saltando de un modo horrible en los baches de la carretera, endurecidos por el fuego abrasador del sol.

A las cinco ya se perfilaban los primeros edificios de la opulenta capital de Bengala, y a las seis los mail-carts penetraban en los suburbios, poniendo en fuga a los peatones que salían escapados para que no les atropellasen.

Cuando sólo faltaban diez minutos para que cerraran la ventanilla de la distribución de cartas, llegaban ante el palacio de Correos de la capital bengalesa.

Sandokán y el señor De Lussac, que tenía muchos amigos entre los empleados superiores, entraron, volviendo a salir poco después con una carta dirigida al comandante del Mariana. En un ángulo se leía la firma de Sirdar.

La abrieron y la leyeron ávidamente.

El bramin les comunicaba que Suyodhana había llegado a Calcuta por la mañana, que había fletado un rápido fylt-sciarra tripulado por remeros especialmente escogidos, y que se disponía a remontar el Hugly para entrar en el Ganges, tocar en Patna y tomar el ferrocarril de Delhi.


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