Los dos tigres
Los dos tigres En lugar de dirigirse hacia la cabaña donde Sandokán y sus compañeros habÃan dejado los caballos, el pelotón tomó otro camino que iba por entre los bungalows medio destruidos por el fuego, y cuyos jardines estaban devastados.
Tremal-Naik, puesto en guardia por la advertencia del cipayo, marchaba muy inquieto, temiendo alguna sorpresa, y procuró interrogar al subadhar; pero el oficial, que se habÃa vuelto de improviso muy adusto, se limitó a hacerle seña para que continuase andando.
—Tremal-Naik —dijo Yáñez—, me parece que la cosa no va como una seda. ¿Qué es lo que ha sucedido?
—Yo tampoco lo sé —contestó el bengal×; pero me parece que no tienen muchos deseos de que entremos en Delhi.
—¿Nos tomarán por espÃas de los ingleses? —preguntó Sandokán.
—Esa sospecha nos pondrÃa en una situación muy grave —respondió Tremal-Naik—. Tanto en uno como en otro bando fusilan a los espÃas; los ingleses no perdonan a ninguno.
—Pero a nosotros no pueden acusamos de nada —dijo Yáñez.
—¡Tengo una sospecha! —dijo de pronto Sandokán.
