Los dos tigres
Los dos tigres Un cuarto de hora más tarde, y después de haberse asegurado que nadie los vigilaba por el lado de la vieja muralla del recinto, los malayos se aprestaron con verdadero ahínco a limar los barrotes de una de las ventanas.
Sandokán, Yáñez y Tremal-Naik hablaban y canturreaban con fuertes voces, para evitar que, desde fuera, se oyese el chirrido estridente que producía el hierro; lo cual, por otra parte, resultaba completamente superfluo, ya que por allí no había nadie.
Desde luego había centinelas a la entrada de la torre; pero era imposible que pudiese llegar hasta allí el ligero sonido que producían aquellos instrumentos tan pequeños.
Bedar rondaba, probablemente, por allí cerca. Ya se había oído, por tres veces, un agudo silbido que parecía provenir del tamarindo.
Tal vez el valiente cipayo había vuelto a esconderse, como lo hizo por la mañana, entre el espeso follaje de aquel árbol, con objeto de vigilar por si venía alguien.
A las once, dos barrotes habían sido ya arrancados y tan sólo quedaba por limar uno, para que el espacio recién abierto resultase suficiente.
