Los dos tigres

Los dos tigres

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4. El «Manti».

Yáñez y Sandokán, después de haber dormido durante algunas horas, se hallaban a la mañana siguiente sorbiendo varias tazas del excelente té llamado pólvora de cañón y haciendo diversos comentarios sobre los incidentes de la noche anterior, cuando vieron entrar en el saloncito al contramaestre de la tripulación, que era un soberbio malayo, con el torso como el de un atleta y los músculos enormemente desarrollados.

—¿Qué quieres, Sambigliong? —le preguntó Sandokán, que se había levantado—. ¿Ha enviado Tremal-Naik algún mensajero?

—No, capitán. Allí hay un hindú que quiere subir a bordo.

—¿Quién es?

—Un manti, me ha dicho.

—¿Qué es un manti?

—Es una especie de mago, hechicero y adivino; algo de todo eso —dijo Yáñez, que sabía más o menos de lo que se trataba, por haber vivido durante algún tiempo en Goa, cuando era jovencito.

—¿Te ha dicho ese hombre qué es lo que quiere? —preguntó Sandokán.

—Dice que viene a hacer un sacrificio a Kali-Ghat para que los manes de la India te sean propicios, pues hoy es la fiesta de esa divinidad.

—¡Dile que se vaya con mil diablos!


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