Los dos tigres
Los dos tigres Al oÃr aquellos gritos, Sandokán, Yáñez y sus compañeros se habÃan detenido. Precipitadamente, cargaron de nuevo las carabinas y se lanzaron por detrás de los árboles.
Apenas se habÃan resguardado, cuando vieron llegar corriendo como un desesperado al cornac. El pobre hombre parecÃa invadido por un enorme terror, y de cuando en cuando miraba hacia atrás, como sà temiera verse alcanzado por alguien.
—¿Qué es lo que tienes? ¿Quién te amenaza? —le preguntó Bedar, dirigiéndose hacia él.
—¡Allá! ¡Allá! —contestó el cornac, con voz ahogada.
—¡Bueno! ¡ExplÃcate!
—¡Un elefante montado por varios hombres!
—¡Ese debe, ser el que faltaba! —dijo Sandokán, que se habÃa reunido con ellos—. Habrá ido a atravesar el rÃo por otro lugar más alejado, para cogernos por la espalda.
—¿Y en dónde se han detenido?
—Cerca del mÃo.
—¿Te han visto huir?
—SÃ, sahib; y me han gritado que me detuviera, amenazándome con hacer fuego sobre mÃ. ¡Se llevarán a «Djuba», señor, y yo quedaré arruinado!
