Los dos tigres

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33. Las matanzas de Delhi

Al reconocer en aquel hombre al tan esperado bramin, a quien creían no volver a ver nunca más, todos lanzaron un grito de júbilo.

—¿Y Suyodhana?

—Está aquí, señores —repuso Sirdar.

—¿Con mi hija? —preguntó Tremal-Naik.

—¡Sí, con tu hija, sahib!

—¡Pronto; vámonos a casa! —exclamó Sandokán—. Este no es un lugar muy a propósito para hablar.

Atravesaron la explanada casi corriendo, por detrás de las ruinas del bastión, cruzando por entre los muertos y los cañones que casi cubrían el suelo, y poco después se hallaban ya reunidos en la habitación que les señaló el propietario del bungalow.

—Ahora ya puedes hablar con entera libertad, sin temor a que te oiga nadie —dijo Sandokán—. ¿Cuándo habéis entrado en la ciudad?

—Ayer, ya muy avanzada la noche; tanto es así, que no me fue posible acudir a la cita que os di —contestó Sirdar—. Hemos atravesado el río bajo el fuego de los ingleses, y hemos llegado sanos y salvos por un verdadero milagro.

—¿Por qué no habéis podido entrar antes? —preguntó Yáñez.


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