Los dos tigres
Los dos tigres Al reconocer en aquel hombre al tan esperado bramin, a quien creÃan no volver a ver nunca más, todos lanzaron un grito de júbilo.
—¿Y Suyodhana?
—Está aquÃ, señores —repuso Sirdar.
—¿Con mi hija? —preguntó Tremal-Naik.
—¡SÃ, con tu hija, sahib!
—¡Pronto; vámonos a casa! —exclamó Sandokán—. Este no es un lugar muy a propósito para hablar.
Atravesaron la explanada casi corriendo, por detrás de las ruinas del bastión, cruzando por entre los muertos y los cañones que casi cubrÃan el suelo, y poco después se hallaban ya reunidos en la habitación que les señaló el propietario del bungalow.
—Ahora ya puedes hablar con entera libertad, sin temor a que te oiga nadie —dijo Sandokán—. ¿Cuándo habéis entrado en la ciudad?
—Ayer, ya muy avanzada la noche; tanto es asÃ, que no me fue posible acudir a la cita que os di —contestó Sirdar—. Hemos atravesado el rÃo bajo el fuego de los ingleses, y hemos llegado sanos y salvos por un verdadero milagro.
—¿Por qué no habéis podido entrar antes? —preguntó Yáñez.
