Los dos tigres

Los dos tigres

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6. La bayadera

Terminada la ceremonia, los sacerdotes volvieron a conducir a la pagoda las estatuas de Kali y de Darma-Ragiae, seguidos de los músicos y de las bayaderas, así como de los que habían sufrido la prueba del fuego, mientras la muchedumbre iba desalojando la plaza, la cual se iba quedando poco a poco vacía.

El manti acompañó a la estatua de Kali hasta la escalinata, mientras tocaba el bin; pero en cuanto llegó al primer escalón, en vez de subir a la pagoda, giró de improviso y se metió entre un grupo de gente, quizá con la esperanza de sustraerse a las miradas de los cuatro fingidos musulmanes.

Cruzó rápidamente por entre el grupo y enseguida se adentró por una callejuela que parecía rodear la pagoda, y se alejó casi corriendo.

Pero la maniobra no había pasado desapercibida para Kammamuri ni para los tigres de Mompracem. Con la misma rapidez dieron la vuelta al grupo y llegaron a la embocadura de la calleja a tiempo de ver cómo se alejaba el manti, pegado a los muros de las casas.

—¡Sigámosle! —exclamó Sandokán—. ¡No se nos vaya a ir de entre las manos!

La calle era muy estrecha y estaba llena de fango; la oscuridad la hacía más negra todavía, pues los vecinos no se habían tomado la molestia de poner luces en los balcones.


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