Los dos tigres
Los dos tigres Terminada la ceremonia, los sacerdotes volvieron a conducir a la pagoda las estatuas de Kali y de Darma-Ragiae, seguidos de los músicos y de las bayaderas, asà como de los que habÃan sufrido la prueba del fuego, mientras la muchedumbre iba desalojando la plaza, la cual se iba quedando poco a poco vacÃa.
El manti acompañó a la estatua de Kali hasta la escalinata, mientras tocaba el bin; pero en cuanto llegó al primer escalón, en vez de subir a la pagoda, giró de improviso y se metió entre un grupo de gente, quizá con la esperanza de sustraerse a las miradas de los cuatro fingidos musulmanes.
Cruzó rápidamente por entre el grupo y enseguida se adentró por una callejuela que parecÃa rodear la pagoda, y se alejó casi corriendo.
Pero la maniobra no habÃa pasado desapercibida para Kammamuri ni para los tigres de Mompracem. Con la misma rapidez dieron la vuelta al grupo y llegaron a la embocadura de la calleja a tiempo de ver cómo se alejaba el manti, pegado a los muros de las casas.
—¡Sigámosle! —exclamó Sandokán—. ¡No se nos vaya a ir de entre las manos!
La calle era muy estrecha y estaba llena de fango; la oscuridad la hacÃa más negra todavÃa, pues los vecinos no se habÃan tomado la molestia de poner luces en los balcones.
