Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —Manciadi está todavÃa lejos —dijo—. Todo va bien.
Entró en la cabaña, se armó de pistolas y de un cuchillo, luego salió y miró atentamente hacia el rÃo y hacia la jungla.
—Darma, sÃgueme —dijo.
Con un salto el tigre llegó a su lado y ambos se lanzaron locamente hacia el sur, escondidos por una espesura de musendas y de indacos. En menos de cinco minutos llegaron a los bambúes y se emboscaron a siete u ocho pasos de Tremal-Naik.
Un tercer sonido de trompeta, más cercano, rompió el profundo silencio que reinaba en las sunderbunds.
—Bien —murmuró Kammamuri empuñando una de las dos pistolas—. El miserable está cerca.
Miró al patrón. ParecÃa un auténtico cadáver: estaba echado de costado, con la cabeza escondida bajo un brazo. HabrÃa engañado a un marabú e incluso a un chacal.
De repente un magnÃfico pavo real alzó el vuelo sobre los bambúes, alejándose rápidamente. Kammamuri pasó una mano por el lomo del tigre que olfateaba el aire y agitaba la cola como los gatos.
—No te muevas, Darma —le susurró.
Otro pavo real se alzó dando un grito de espanto.